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miércoles, 4 de mayo de 2016

PARÁMETROS CLAROS PARA DECIDIR BÍBLICAMENTE Dónde CONGREGARSE Y en qué lugar NO CONGREGARSE


LA IGLESIA IGLESIA


¡Caramba! Si las iglesias pudieran ser iglesias sin ser iglesias; o, lo que ahora se entiende como Iglesia ¡Eso fuera una gran cosa! Me explico: La iglesia es una creación de nuestro Señor Jesucristo, no puede dejar de existir (Mt. 16:18), él la ama y la cuida a través de su Espíritu Santo, de no ser así ya no existiera lo poco que queda de ella. La cuestión es que, con el pasar del tiempo hemos hecho tantas cosas de ella, es tanto el ornamento que hemos añadido al andamiaje espiritual, que la tarea de intentar devolverla a su originalidad es abrumadora. Igualmente es tanto de lo que ella ha sido despojada que resulta desconcertante solo pensar en todo lo que hay readecuar en su estructura. Pero Si tomamos valor y nos embarcamos en tal travesía irremediablemente va a surgir un evento potencialmente tormentoso:

LA HIPERIDEALIZACION
El primer problema es la hiperidealización. Por este término deseo significar una expectativa desbordada hasta la estratosfera. Los artistas europeos, por ejemplo, hiperidealizaron la figura fenotípica de Jesús, pintándolo con rasgos europeos, o visto de otro modo, hiperexaltaron la suya propia. El resultado de este enfoque cultural fue que los cuadros que pintaron (basados fundamentalmente en la imaginación de los artistas) era la imagen de un Mesías que se pareciera a los rasgos físicos de los europeos, frisado en escenas propias de dicha cultura, exiliándolo de su contexto étnico original, y por ello estas pinturas retratan a un Jesús estilizado, de tez blanca, pelo lacio y en algunas imágenes hasta haciendo gestos algo afeminados.

Pero, una reconstrucción más realista del  Jesús histórico, debería mostrarlo probablemente “más judío” o más oriental, con una tez más negroide, con una nariz algo encorvada, y con unas greñas más propias de la aridez del terreno y la inclemencia del clima soleado predominante en Palestina. Pero, aquella imagen falsa del Jesús idealizado, es la que se ha apoderado de las mentes de los creyentes hasta tal punto que muchos de los “sueños y revelaciones” que he oído que algunos hermanos dicen haber tenido, describen a un Jesús con características muy similares a las pintadas en los cuadros. Entonces es justo preguntarse, o las visiones eran falsas, o tendremos que suponer que Jesús adapta su apariencia como adapta su idioma cuando habla con alguna persona. Juzgue usted.

Pero esto no termina con Jesús. Igualmente pasa con la idea que solemos tener sobre cómo debió ser la iglesia primitiva. Nada más alejado de las iglesias que tenemos hoy día. En primer lugar, en el presente no podemos aparentemente abstraer el término iglesia de la imagen del edificio con la cruz o con alguna especie de altar. Pero en los primeros días de la iglesia este término solo hacía referencia  a la reunión de la asamblea, la comunidad de creyentes, las personas, esto con fines religiosos. Donde estuviera reunida la comunidad ahí estaba la iglesia (I Co. 14:23; 16:19; Col. 4:15). Así pues, las casas eran los lugares de reunión más populares en principio. Con el pasar de los años, las acogedoras reuniones hogareñas, impregnadas de aquel cálido ambiente  familiar y de camaradería y compañerismo vecinal se convirtieron en grupos de apoyo y cantones de resistencia contra la intolerancia fundamentalista judía y muy especialmente contra la persecución desatada por el imperio romano.

En las casas no había más confort que el que cada familia anfitriona pudiera proveer, y tomando en cuenta que en la mayor parte de los casos las comunidades cristianas eran mayoritariamente pobres (Rom. 15:26, Ga. 2:10), serían muy pocas las casas con grandes comodidades. Igualmente no hallaríamos en ninguna de estas reuniones un altar, probablemente ni siquiera un púlpito. El único altar autorizado para los israelitas estuvo en el templo mientras estuvo en pie (Dt. 12:5 y ss). El Nuevo Testamento nunca da ordenanzas sobre incorporar un altar en la liturgia cristiana, así que las reuniones cristianas eran más espontáneas y semejaban más una asamblea o reunión familiar (Cf. I Co. 14;1 y ss) que una elaborada actividad litúrgica estructurada cronométricamente y en orden de A,B,C ¡“fue un gusto saludarles, y nos vemos el domingo próximo”!.







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